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LUIS ALONSO VEGA Recuerdo y hablo de algo que alguien se imaginó hace la friolera de unos setenta años, siempre cruzándose la cristiandad entre una ya numerosa y trabajadora población como lo era y sigue siendo San Claudio, al lado y muy cerca de Oviedo, y un patrono como San Roque. La historia, la historieta, me la narraba mi padre, y así se lo cuento yo a ustedes.

Dícese, por aquello de las vicisitudes de nuestra también recordada Guerra Civil, que San Roque no salió, lo que se dice, muy bien de aquella contienda y escaldado de alguna chamusquina un tanto negruzca. La cosa es que, pasado aquel mal tiempo y queriendo el cura párroco «resucitar» la imagen de San Roque, próximas ya las fiestas religiosas y muy atareado por todo lo que tenía que hacer, decidió ponerse al habla con Collado, el bien conocido tendero de ropa religiosa de la calle San Antonio, de Oviedo, y encargarle una digna capa, que podía andar alrededor de los cien duros, es decir, unas 500 pesetas, que, de aquella, era una considerable cifra. Así que la víspera de tal festividad le dijo el párroco al sacristán: «Toma, doite diez pesetas pal tren y, en el bolsu, guardes bien los otros cien duros pa que los pagues a Collado y traigas con mucho cuidao la ropa pal santu». Dicho y hecho.

Pero la historia no fue precisamente así: fue parecida. Llegó el sacristán a la Estación del Norte de Oviedo y allí se encontró con un buen amigo que, habiendo salido bien de aquel tiroteo, y siendo aún temprano, decidieron ir a tomar unos vasinos de vino y, de tal bebida, pasaron a echar unas partidas a la brisca y a lo que pintó por aquello de la alegría. Claro, a nuestro sacristán poco le faltó echar mano del dinero que le dio el cura y, cuando se dio cuenta, sólo le quedaban 100 pesetas. En seguida se le tornó el color de su cara y ya no se atrevía a ni acercarse a ver a Collado, con lo que, encontrando algo más próximo en cuestión de vestimenta, fue hasta el Campillín y empezó a revolver entre la ropa que por allí había de segunda o tercera mano. Encontró lo más afayadizu, lo envolvió en un viejo periódico y para San Claudio retornó con más vergüenza que otra cosa. Cuando llegó, quiso contarle al párroco su fechoría, pero éste no quiso escucharle con el apuro que seguía teniendo y le dijo sin más: «Ni me lo enseñes. Lo bien hecho por Collado es perfecto. Así que viste a San Roque, le pones una cortinilla y, cuando yo diga en el momento de la homilía ? “que San Roque vuelve entre nosotros”, tú la descorres». Así lo quiso ver tan repetido sacristán y sin más se puso a trabajar.

Y así fue. La iglesia a rebosar, las autoridades en primera fila, el pueblo enfervorizado y el cura, henchido de orgullo, grita bien fuerte desde el púlpito: «Después de tres años de guerra y uno de posguerra, San Roque vuelve entre nosotros?». En ese momento, tira del cordel el sacristán y aparece el santo vestido con un deteriorado traje con gorro de borla de miliciano, a lo que el párroco continúa ya con una tristísima voz: «? con quince días de permiso».

Así como me la contó mi padre, ya sobre los años cincuenta del pasado siglo, la cuento yo. Lo que hay de verdad? Hoy, en San Claudio, aunque con las fiestas primaverales de Xuno, pásenlo bien y hasta el próximo año, siempre, si Dios quiere.

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