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La procesión del Señor de los Milagros, una de las más multitudinarias de América Latina, congregó a masas de devotos de toda edad y condición que un año más tomaron el centro histórico de Lima.

En una típica mañana limeña de llovizna y niebla, con las calles mojadas, la venerada imagen del Cristo moreno abandonó la Iglesia de las Nazarenas a las seis de la mañana para iniciar una procesión que terminará, de vuelta al templo, a la una de la madrugada.

Lluvias de confeti y de pétalos de flores recibían a la imagen a su paso por las calles del degradado centro histórico, donde en muchos portales se habían improvisado altarcillos con flores e imágenes devotas.

Entre las decenas de miles de personas, muchas portaban el hábito de los penitentes túnica morada y cordón blanco a la cintura, que muchas mujeres capitalinas visten durante todo el mes de octubre como pago a alguna merced otorgada por el Cristo.

Elsa Ferreiras, de 69 años, es una de las que viste su hábito durante todo el mes, “y no solo el hábito, sino mi casa todita está adornada con flores blancas y moradas y efigies del Señor”, explica.

Su madre le contó que el Cristo de los Milagros salvó su vida cuando solo tenía un año y desde entonces su fervor se ha mantenido incólume, y así se lo ha transmitido a sus hijos y sobrinos, que la acompañaban en la procesión.

Por no pertenecer a ninguna “cuadrilla” o cofradía, Elsa debe apartarse a un lado al paso de la imagen del Señor, transportado por 32 “cargadores” que se turnan rigurosamente cada ocho minutos, equivalentes a sesenta metros de recorrido.

Uno de los cargadores es Leonardo Suárez, de 28 años, quien lleva ocho en la cuadrilla número 15, y asegura que por nada del mundo renunciaría a su derecho a llevar la imagen, ni siquiera este año en que le duele la columna pero calma el dolor “a punto de pastillas”.

Leonardo y su compañero de hermandad Enrique González son fervientes devotos del Señor de los Milagros y han pasado un año como “aspirantes” antes de ser “bautizados” como cofrades. Sin embargo, ninguno de los dos es católico practicante y dicen asistir a la misa “sólo ocasionalmente”.

El profesor de Comunicación en la Universidad de Lima Julio Hevia considera que: “el pueblo peruano no cree en Dios, pero somos muy creyentes”, y que la popularidad de esta procesión ha hecho que la Iglesia tenga que “negociar con el fervor popular”.

HISTORIA DE DEVOCION
El Señor de los Milagros protagonizó en 1655 su primer milagro: la imagen de un Cristo moreno había sido pintada en un muro de adobe por un esclavo de origen angoleño y esta pared fue la única que se salvó del terrible terremoto que asoló Lima el 13 de noviembre de 1655.

Pero el fervor por la imagen comenzó quince años después: un tal Antonio León, vecino del lugar, había estado cuidando por su propia cuenta el lugar de la imagen e improvisando una capillita. Aquejado por entonces de fuertes dolores de cabeza causados por un tumor, imploró la intercesión del Cristo que lo curó milagrosamente.

Corrió la voz entre los vecinos de aquel hecho y el Señor de los Milagros comenzó a ganar en popularidad entre los limeños, asociada primero a los afroperuanos, a aquellos descendientes de los esclavos traídos a Perú por los españoles, pero más tarde extendida a todos los estratos y razas.

Es por excelencia el Cristo que concede mercedes, el que da salud y por ello no sorprende ver a las masas del Perú mestizo del siglo XXI arremolinadas en las calles de su capital para recibir a su imagen más venerada.

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