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Los orígenes de la Feria de Málaga, nacida para conmemorar la toma de Málaga por los Reyes Católicos, tuvieron un claro matiz económico. La idea era parar como fuera la sangría económica que arrastraba a la ciudad por los desagües en un siglo XIX que no fue bueno ni con poco para estos lares. Pero además había otro componente que a lo mejor no estuvo explícito en el nacimiento de estos festejos, que recuperaban los que antaño se perdían en tiempos mucho más remotos, pero que también era decisivo: había que buscar un motivo para la alegría. Eso de ‘al mal tiempo buena cara’ se aplicaba en toda la intensidad y desde algunos rectores malacitanos se entendía que las fiestas no sólo podían suponer un motor para la reactivación de la maltrecha economía local, sino que además infundirían una felicidad que era necesaria, aunque fuese superflua e incluso efímera.
Así, pues, la feria llegaba en toda su intensidad con dos claros objetivos: dinero y fiesta. Y así se ha mantenido a lo largo de los tiempos, aunque en este binomio, el orden se ha alterado por mor de los tiempos, y en unas épocas el dinero antecedía a la fiesta, y en otras ocurría lo contrario.
En fin, que la Feria de Málaga, la que llega en agosto, la que comienza hoy, conlleva, como cualquier otra celebración de este tipo, un flujo económico de primer orden y también un sesgo de felicidad en el rostro ciudadano. Todo cambia en Málaga en estos días porque la fiesta impera sobre cualquier otra circunstancia, incluido el escenario. La Málaga que cambia su piel escénica para celebrar la Pasión de Jesús en su representación a través de la Semana Santa, también adquiere rasgos singulares en una feria que cada vez está más alejada del centro urbano, lo que sin duda, sin que alguien se haya dado cuenta de ello (o dándose, que nunca se sabe) la aleja cada vez más de un sesgo de identidad que se encontró casi por sorpresa, que fue copiado por muchas otras urbes en sus festejos y que sin embargo aquí estamos dejando languidecer al albur del botellón y de los descamisados.
En fin, que la Málaga de agosto, que tiene un ‘calor’ especial, recibe su feria con dos claros objetivos: reactivar su economía y alegrar a la ciudadanía. Los mismos que impulsaron a su creación a los ‘inventores’ de este evento que hoy con palabras (pregón), imágenes (las que dibujan en el cielo los fuegos artificiales) y música (el concierto de Bosé) será recibido en la tierra del sol y del mar, en la ciudad que alumbró a Picasso, que también, me imagino, viviría en sus años aquí la fiesta agosteña.
Pese a que la crisis obliga, y ha recortado en un día la feria (creo que aún así sigue siendo una de las más largas de cuantas se celebran en España), se espera que seis millones de personas entre idas y venidas animen el cotarro en el recinto ferial y en el centro urbano. Este flujo generará un importantísimo movimiento económico, y durante nueve días cientos de malagueños afectados por el paro encontrarán un bálsamo a lo que sin duda es una tragedia. Es la gran noticia de la feria en este año de crisis, que muchos encontrarán consuelo económico en ella, aunque sea mínimo.
En situaciones sociales como la que vivimos en Málaga, con una tasa de paro cercana al 30%, cualquier motivo de alegría es recibido con alborozo. No es menos cierto que, como dice el refrán, ‘nadie va a salir de pobre’, pero aquí se cumple otra frase hecha del acontecer castellano: ‘Los duelos con pan son menos’. Pues eso, que bendito el momento en el que llega esta feria de agosto de 2010, representada en el cartel de Bola por esa palmera vestida de gitana (siempre se ha dicho así en Málaga y nunca con esa retórica pija de ‘faralaes’), que será transportada por la voz nada invisible de Javier Ojeda para anunciar a los cuatro vientos que ya estamos de fiesta, que ha llegado la feria.
La feria transforma la ciudad pero también a sus ciudadanos. Y de su mano llegarán los toros, y La Malagueta volverá a vivir tardes de gloria rememorando una vieja tradición española, aunque en esta edición echaremos de menos a José Tomás, quien no podrá celebrar su cumpleaños en la arena del coso del paseo de Reding, como ya era habitual.
La feria es sinónimo de alegría para todos, pero especialmente para los pequeños. Los carricoches (eso de ‘la calle del infierno’ es otra expresión ajena a estos lares) y los caballitos harán las delicias de los niños, aunque hay que reconocer que ya nada es lo que era, sobre todo ahora, que los enanos están acostumbrados a jugar en tres dimensiones y a perder cualquier capacidad de relación imbuidos en esas terroríficas maquinitas en las que ya no ‘matan’ marcianos, sino que incluso te permiten diseñar al enemigo para ensañarte con él. Aún así, la ya denominada ‘generación play’, sigue ilusionándose con los caballitos y los coches de choque, e incluso con el látigo, aunque estos nuevos tiempos (ni mejores ni peores, sino nuevos) nos han traído atracciones de auténtico vértigo que ni siquiera soñamos los niños del ‘turrón o caballitos’ de los años 60, cuando la feria se ubicaba en el Parque malagueño.
Ha llegado la fiesta. Casi dos siglos después sigue obedeciendo a los cánones que la originaron: reactivación de la economía local y búsqueda de la alegría ciudadana. Conseguir ambos parámetros supone todo un reto. Ya ha llegado la fiesta. Bienvenida sea la Feria de Málaga.

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