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Santa semana blanca
S Í, en verano también hay semana blanca y semana santa; no se trata de la escolar para deslizarse por la nieve, ni de repetir la tradicional procesión; es la semana santablanca, hija del merengue inmaculado y la santidad, unidos en un nuevo credo que celebra estos días al santo patrón. El agnóstico lo lleva claro, vuelve aquel ser superior que decía ‘El Buitre’ -ángel mensajero a quien la herencia familiar apellidó injustamente- para anunciar la buena nueva, la inminente liberación del valle de lágrimas; vagábamos errantes, creíamos que la crisis era el final de todo, pero la esperanza renace, creíamos que no había para hipotecas y avales, pero estaba destinado a fines más nobles y sublimes: la salida del infierno. Al fin, la salvación a nuestro alcance.
El politeísmo posmoderno es la leche, quizá no ofrezca un mundo distinto ni mejor, pero hace tan soportable el actual que evita añorar esperanzas vanas, con la Champions League nos basta. El fútbol es puro milagro, no llegas a fin de mes, pero vendes el plato de lentejas por el éxtasis del gol; no alcanzas a ser mileurista, mas te llena de orgullo que tu dios los gane en minutos, renueva tu vestuario con camisetas deportivas que fijan estilo. Te vuelve sensible, donde todo era egoísmo hoy reina la preocupación por la vida, amor y dolor del ídolo, convierte un asunto de pelotas en cuestión de Estado, te hace fuerte para sacrificar trabajo o estudio y participar en la celebración diaria cual devoto a quien parecía escasa la obligación dominical. Yo era un pobre diablo, pero Kaká cambió mi vida, por Sergio Ramos me tatué a modo de cilicio y, mira tú, como temía pincharme, Casillas me sacó de las mías y Cristiano me hizo fiel de Paris Hilton. Gracias, fútbol, por ser la única propuesta que llena mi vida de sentido.
El ser superior señala el camino en este desierto veraniego lleno de tentaciones que poco pueden merced a esos ejercicios espirituales, procesiones y novenas en que ha convertido la presentación. La corrida de toros, a las siete; la misa, de doce y la presentación, a las nueve. ¡Qué liturgia!, ¡qué puesta en escena!, el patriarca don Alfredo y don Floren superior, leyendas evocando mitos, vendiendo motos, miles de fieles enfebrecidos y extasiados, niños vestidos de inmaculado blanco por el redentor… todo televisado, ‘prime time’, dado que la separación Iglesia-Estado permite prescindir de viejas religiones por opiáceas, para suplirlas por estas más liberadoras donde el nuevo converso se suma al movimiento ecuménico Floren Team y empieza su alocución con aquello de: «Yo era un desgraciado, pero Pérez cambió mi vida, me dio un lugar en el mundo y sació mi sed de inmortalidad».







